HACER LA CALLE
(Reflexión sobre los usos de género del espacio público)
por Begoña Pernas
El urbanismo feminista ha reflexionado mucho sobre la relación del género con el espacio público. Pero apenas se ha tenido en cuenta su enorme ambivalencia. Más bien se dio por buena la idea de la división entre público y privado y su asignación a hombres y mujeres, sin analizar suficientemente las dobleces de esta dualidad. En primer lugar, existe una confusión básica: lo que la sociedad moderna separa y atribuye a los sexos es la división entre una economía industrial y una doméstica. Ambas son privadas. Ambas necesitan y usan el espacio público, las calles, comercios, equipamientos, aunque con fines, tiempos y escalas diferentes. Cuando existían la fábrica y el polígono, ese espacio dominado por el género y la clase, el barrio era su contrapartida y su sostén, territorio de mujeres y niños, con sus usos volcados a la reproducción.
Actualmente todos los planos se han mezclado: se trabaja, consume, participa desde los hogares; se exhibe la vida personal en los descampados de internet, se pasea el ordenador por calles y bares, y a la vez estas pierden su capacidad básica de proveer bienes gratuitos a masas populares. Llevamos el polígono a cuestas, por así decirlo. Y la calle es ante todo un bien de gran valor de cambio, en detrimento de su valor de uso.
En esta confusión de espacios, el polígono, ese lugar tan radicalmente masculino es ahora utilizado -al menos en algunos lugares, como Madrid- para una actividad tan feminizada como es el trabajo sexual. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿a qué categoría pertenece la prostitución? ¿Es pública o es privada? ¿Es industrial o es doméstica? Es una frontera y como tal, permite libertad y también oprobio, persecución y escándalo moral. Tanto el estigma que rodea esta práctica social, como las tensas discusiones feministas o las ambiguas regulaciones municipales muestran la dificultad de situar y contener un fenómeno que es a la vez pasado y futuro de la ciudad.
De nuevo estamos ante una doblez de género: el trabajo se asocia con la dignidad, la sexualidad con la intimidad, y no tan sorprendentemente, con la violencia. Según donde pongamos el foco, veremos mujeres con poder de negociación, o víctimas de explotación, y por lo tanto, un discurso pro-derechos o abolicionista. Si consideramos que el consentimiento sexual en la prostitución está “viciado”, cualquier ejercicio de la misma será entendido como violencia y no podrá ser regulado por las administraciones. Si nos ponemos del lado del trabajo, donde las mujeres y algunos hombres venden no su cuerpo sino su fuerza de trabajo (exactamente como el resto de los trabajadores), el tema esencial será garantizar los derechos de estas trabajadoras. Lo que abre nuevos interrogantes: ¿en qué espacios trabajan, para quién trabajan, como se regula esa relación laboral y sus intermediarios?
Como pasa siempre con el cuerpo de las mujeres, no está claro que este sea “privado”, es a la vez un asunto de familia y un tema de discusión pública. Digamos que las mujeres son un hecho público de gestión privada, como los equipamientos. El reverso de la discusión sobre la prostitución es el salario del ama de casa, que intentó, con escaso éxito, “dignificar” lo doméstico atribuyéndole el rasgo esencial del trabajo industrial, es decir, el salario (y abrir la posibilidad del otro rasgo, la huelga). No solo no se logró, sino que más bien se “domesticó” el resto del trabajo. Ahora que todo trabajo es trabajo doméstico, por sus condiciones de atomización, precariedad y emocionalidad, observamos otra doblez del mundo del género, otro pliegue.
Volviendo al espacio público: los poderes públicos no son ni pro-derechos ni abolicionistas, aprovechan el mundo de los grises para segregar usos y grupos sociales, aplicar la moral familiar al espacio público (la multa por actividades asociadas a la prostitución es más grave si esta se ejerce cerca de colegios y parques infantiles), sostener una división entre mujeres buenas y malas, aunque todas tengan en común que su trabajo (sexual o de cuidados) no es reconocido como tal. Las normativas regulan y desregulan a la vez, pues la calle es el lugar de la contradicción, donde primero se aplican las normas, e inmediatamente se desbordan por el cambio social que no tiene otro lugar donde ponerse a prueba y por los grupos sociales que solo en la calle pueden sobrevivir. Actividades subalternas, informales, alegales o sin espacio social asignado (porque son nuevas) reaparecen donde no se las espera. Las calles admiten las fronteras y los cuerpos sin encaje. Eso es “lo público” del espacio público.
Sirva este cóctel de ideas para ampliar el debate: la prostitución en el polígono es un tema de enorme interés teórico y práctico, pues subvierte y mezcla todos los planos, replantea nuestra idea del sexo, del trabajo, de la ciudad. Ahora que somos todos/as poligoneros y todos/as putas, por así decirlo, tendremos que aprender de las expertas cómo hacer la calle.

Esta reflexión surge del curso de urbanismo feminista “Hacer la calle”, realizado el 14 de septiembre en la Escuela Bellas calles, con la colaboración de Gea21 y Traza Consultores.
