Contra las estrategias de lienzo en blanco
por Carlos Verdaguer [1]

"Este espacio moderno tiene una afinidad analógica con el de la tradición filosófica, fundamente cartesiana. Desgraciadamente, es también el espacio del folio, del tablero de dibujo, de las secciones, de los alzados, maquetas y proyectos […] Olvida que el espacio no consiste en la proyección de una representación intelectual […] sino que es en primer lugar oído (escuchado) y actuado (por los gestos y los desplazamientos físicos)" (Henri Lefebvre, La producción del espacio, 1974, Capitán Swing, 2013, página 245)

 

Si diseñar equivale a moldear, a dar forma, en suma, transformar, no cabe duda de que el tiempo es el diseñador de formas por excelencia en el ámbito de la Biosfera. En el proceso de mutua adaptación homeostática entre formas y funciones a lo largo del tiempo para responder a los continuos cambios de la realidad, puede decirse que interviene una imagen del futuro que está materialmente inscrita en forma de instrucciones genéticas establecidas a partir de las experiencias del pasado, en los organismos vivos, y en el medio abiótico, en las formas esculpidas por el tiempo. No obstante, sería más adecuado decir, entonces, que quien planifica realmente es el pasado.

Lo cierto es que la planificación como tal emerge con la capacidad de las mentes vivientes de complementar la memoria con la imaginación, generando imágenes de lo que aún no existe, una capacidad que en el caso de la especie humana le ha permitido transformar por completo la superficie del planeta proyectando sobre ella sus imaginarios de futuro. La crisis global en que se encuentra ahora la especie no hace sino poner trágicamente de manifiesto los límites de esa capacidad planificadora en cuanto a imaginar todas las posibles consecuencias futuras de las acciones llevadas a cabo en el presente.

En efecto, por una parte, la aceleración y la potencia de los procesos de transformación del medio a partir del industrialismo, muy superior a la capacidad material de asimilación y evaluación de los resultados, y por otra, la sobrestimación de su capacidad de control sobre la realidad, propiciada por el imaginario del progreso, son los dos factores principales, uno objetivo y el otro subjetivo, que han colocado a la especie humana en su actual tesitura de riesgo de auto-extinción.

Teniendo en cuenta la lógica urbana fagocitadora que impera en el planeta, hacer frente a estos dos factores en el escenario específico de la construcción de la ciudad y el territorio aparece como la única estrategia viable desde la perspectiva del paradigma ecológico para abordar la crisis global con alguna posibilidad de éxito.

Por lo que respecta al factor subjetivo, que implica un cambio en la auto-conciencia global de la especie, sólo cabe trabajar con la hipótesis de que las demostraciones prácticas en el aquí y ahora, las realidades urbanas construidas y vividas, constituyen una de las vías fundamentales para propiciar una metamorfosis paulatina en la visión de la realidad urbana, es decir, para consolidar un nuevo paradigma en el que la incertidumbre con respecto al futuro no sea concebida como un problema, sino como  el material de partida para un nuevo tipo de planificación abierta.

En cualquier caso, la hipótesis de que es posible generar contraespacios y modos de planificar alternativos acordes con el paradigma ecológico durante el largo periodo restante de transición entre paradigmas exige un enfoque desde la óptica de la ecología social que esté especialmente atento a la dinámica del poder y a los mecanismos para la toma colectiva de decisiones.

En cuanto al factor objetivo, referido a la necesidad de insertar el tiempo de forma diferente en los procesos de transformación urbana, no basta con su simple enunciación como estrategia para que se haga realidad. Ni siquiera un hipotético cambio drástico, de la noche a la mañana, en la autoconciencia de la especie aportaría por sí mismo la solución de forma automática; albergar esa ilusión mecanicista constituiría de hecho una flagrante contradicción con lo que podríamos llamar un enfoque ecosófico. Sin embargo, afortunadamente disponemos ya de materiales y experiencias suficientes en la historia de la construcción de la ciudad con los que sentar las bases para desarrollar formas de diseño abierto en las que el tiempo constituya un factor clave.

La idea de diseñar con el tiempo, consustancial al concepto de diseño abierto, lleva implícita la necesidad de hacerlo a partir de una realidad que es siempre preexistente y que es siempre Lugar, es decir, espacio físico, vivido y percibido, en contra de uno de los mitos más nocivos asociados al concepto de espacio abstracto, como es el que considera el marco de actuación ideal para las intervenciones urbanas el de un lienzo en blanco segmentable y comercializable y sobre el que puede proyectarse cualquier fantasía y uso imaginable, un lienzo que, si no existe, es imprescindible hacerlo realidad despojando al espacio de sus atributos físicos.

Este mito de origen filosófico, al que hace referencia Henri Lefebvre en la cita de encabezado, tiene una estrecha relación en la historia del urbanismo con las estrategias de crecimiento urbano rápido  mediante el orden impuesto en el territorio y con el  afán de tabula rasa del territorio enemigo en las topologías de conquista, entre otras estrategias, y se inserta en términos generales dentro de una lógica de ofensiva contra el Lugar en la que el condicionamiento del territorio a la lógica de la mercancía en el seno del capitalismo no es sino su expresión más avanzada.

Es preciso, por tanto, desarrollar estrategias destinadas a contrarrestar este mito desde la práctica de un urbanismo inspirado por el paradigma ecológico, tratando de articular una lógica adecuada para tratar con un espacio que nunca está vacío y que siempre es Lugar. 

Cuando se parte de esta premisa, la idea de que es preciso identificar y valorar lo existente antes de intervenir en el lugar para insertar nuevos usos considerados necesarios surge de forma automática. En términos lógicos y generales, aparece como evidente que, una vez llevada a cabo esa identificación y esa valoración, la única estrategia posible en relación con las diversas preexistencias deberá ser la de mantener y preservar aquellas que puedan considerarse inmejorables, mejorar las mejorables, sustituir aquellas consideradas como degradadas o nocivas y reapropiarse de aquellas obsoletas que puedan ser adecuadas para un cambio de uso.

Esta estrategia, concebida desde la óptica de los usos y desde la 'oferta' de espacios, lleva implícita la idea de que los nuevos usos deben compararse y articularse con los existentes sin que exista una relación 'jerárquica' entre ellos, frente a la estrategia del lienzo en blanco del urbanismo dominante, cuya lógica se fundamenta prioritariamente en estrategias basadas en la demanda, consistentes en preparar el espacio, es decir, convertirlo en idóneo para las exigencias asociadas a los nuevos usos. Así, ante una lógica basada en la remodelación de lugar y en el orden impuesto, se propone la recuperación de las estrategias propias de un orden emergente, basadas en la búsqueda del lugar posible y en la remodelación del uso para  propiciar la mejor adecuación.

Sin embargo, a pesar de su carácter racional e indiscutible como estrategia conceptual de intervención urbana desde el momento en que se parte de la idea del espacio como Lugar, su mera enunciación como tal no resuelve los diversos dilemas que plantea, que son los relacionados precisamente con la identificación y la valoración de las preexistencias. En efecto, sin escapar del marco abstracto y general de esta reflexión, las preguntas que surgen de modo inmediato son, por una parte, cuáles son las preexistencias en términos de entidades y, por otra, quién y cómo se decide cuáles son intocables, mejorables, desechables o reapropiables.

Es en esto donde la perspectiva del paradigma ecológico ofrece en términos teóricos y prácticos las vías más fructíferas para orientar la intervención. En primer lugar, el carácter esencialmente holístico de la visión ecosófica permite abordar la realidad compleja del Lugar como un escenario de convergencia de múltiples variables interrelacionadas: variables físicas relacionadas con los flujos de energía y materiales, variables socioculturales relacionadas con la memoria y la imaginación, con la proyección espacial de los imaginarios, y variables socio-económicas relacionadas con los usos históricos y futuros usos posibles del Lugar.

Abordar conjuntamente todas estas variables y sus interrelaciones para conseguir una buena caracterización del Lugar y una identificación operativa de las 'entidades' que lo forman exige ineludiblemente, desde la esfera técnica, un enfoque holístico basado en el uso de estrategias multidisciplinares y, desde la esfera de lo social, la intervención de todos los agentes sociales asociados al Lugar, como principales detentadores del conocimiento acumulado sobre el mismo.

En cualquier caso, este proceso de identificación y de acotación de variables y 'entidades' no podrá ser nunca unívoco y cerrado, ni podrá responder a la superposición de ninguna plantilla interpretativa exógena y predeterminada. La ciencia ecológica nos enseña que las diversas posibilidades de acotación que ofrece una realidad continua e interconectada dependerán en gran medida de si el propósito del análisis hace aconsejable inclinarse más por el carácter de barrera o de membrana de las diversas interfaces posibles entre elementos contiguos en el espacio y en el tiempo con el objeto de articular aquellas unidades sistémicas que parezcan más operativas de cara a los objetivos propuestos. Es fundamental, en este sentido, constatar que existen diversas posibilidades de segmentación de la realidad y ninguna de ellas es mejor que otra en abstracto, sino sólo más idónea en función de objetivos predeterminados: no existen soluciones únicas ni ideales a los problemas urbanos específicos.

Por lo que respecta a la valoración de las preexistencias así identificadas, y su correlación con las necesidades formuladas previamente como motor de la intervención, la participación de todos los agentes constituye una exigencia ineludible del proceso. Por ejemplo, sólo los vecinos de un barrrio pueden determinar en términos vivenciales, no exclusivamente técnicos, cuáles son los elementos que reflejan y expresan la memoria viva de ese lugar y, por tanto, deben ser conservados en un proceso de remodelación, sea cuál sea su valor en otros términos.

En definitiva, una estrategia de intervención desde lo existente como la que aquí se plantea no puede ser lineal en ningún caso, sino que consistirá necesariamente en un proceso iterativo y simultáneo en que la identificación de las necesidades y de las preexistencias y de las posibilidades de interrelación entre ambas será abierto y dinámico, de modo que la información acumulada sirva para retroalimentar las medidas de ajuste entre unos y otras y de manera que la  definición de la estrategia se genere de modo paulatino en función de dicha información, así como de la contraposición y el diálogo entre los diversos intereses en juego.

 

[1] Este texto está extraído de la tesis doctoral (2019). La ciudad de las tres ecologías : elementos para la consolidación del paradigma ecológico en la planificación urbana y territorial = The city of the three ecologies : elements for the consolidation of the ecological paradigm in urban and territorial planning. Escuela Técnica Superior de Arquitectura (Universidad Politécnica de Madrid), pags  441-442 y 451-453

 

Raymon Unwin